La visión a oriente desde las cimas de Sierra Palmitera permite descubrir junto a la cuenca del río Guadaiza, un claro en la montaña rodeado de pinos, castaños y quejigos. Se trata de Daidín, una de las alquerías de época nazarí que, como Alicate, Cariad, Ojén, Istán, Almáchar, Arboto, Benahavís y Tramores, o las fortalezas de Montemayor y Cortes, entre otras, formaban parte del entorno rural en el interior de la Tierra de Marbella que pasa a la corona de Castilla en la capitulación de 1485. La historiadora Lina Urbaneja Ortiz escribe sobre las tensiones sociales que experimentó la zona a finales del s.XV, que explotan en Daidín con el asesinato, en diciembre de 1500, de dos clérigos enviados por la corona de Castilla para bautizar a su población y reconvertir su mezquita en iglesia, o expropiar y expulsar a quienes no quisieran hacerlo. Estos hechos están encuadrados en lo que se denominó «La rebelión de Sierra Bermeja» de 1501.

La autora reflexiona también sobre el estado de abandono actual de esta antigua alquería nazarí, un olvido que por desgracia comparte gran parte de nuestro patrimonio cultural en el entorno rural.

Este artículo, escrito por Catalina Urbaneja Ortiz, fue publicado en Diario Sur, el 29 de junio de 2018

El ocaso de Daidín. Por Catalina Urbaneja

JESÚS Jaén me propuso visitar Daidín para grabar un capítulo del programa Microclima que dirige para una televisión local. Acepté la invitación porque me tentaba la idea de volver a la antigua alquería después de un largo periodo de tiempo. Para llegar necesitamos salvar el penoso carril que nos conduce al solar sobre del despoblado, y una vez en él, comprobé la desolación que reina a su alrededor, pues el matorral está tapando las escasas construcciones que quedaban en pie la última vez que estuve allí. Ante aquella desolación sentí pena porque, a mi entender, deberían haber cambiado pocas cosas ya que el abandono es síntoma de indiferencia y falta de apego. Sin embargo, se ha trastocado el paisaje y los muros de las casas que se conservaron milagrosamente durante siglos han caído al suelo, quién sabe si por la propia naturaleza o por la mano del hombre.

La imagen de Daidín, ese paredón que unos creen que son los restos de una iglesia y otros de una torre, se sostiene erguido y soberbio como un guardián imperturbable que se mantiene al acecho de cualquier agresión. Tanto afán protector no le ha impedido que el solar que encierra esté cubierto de hierba, espesa y de considerable altura, que no deja ver el suelo ni la posibilidad de encontrar sus cimientos, ni husmear entre la tierra procedente de los distintos derribos en busca de cualquier indicio que pueda aclarar el uso que tuvo en su día.

Ha costado identificar el cerro de la horca, el lugar elegido por el conde de Cifuentes, señor del lugar, como recordatorio al vecindario de que la justicia era de su exclusiva potestad. ¿Cuántas personas fueron ejecutadas en aquel cerro? No hay constancia porque es una información que no interesa custodiar en los archivos, como tampoco se han encontrado procesos en los que consten sentencias de muerte. Pero tuvo que haberlos porque Daidín fue tierra de disidencias y violentas reacciones con un historial más que temible.

Una de ellas, acaso la primera, acaeció en enero del año 1500, cuando enviaron clérigos y capellanes a todas las alquerías del reino de Granada para bautizar a los mudéjares, en una misión evangelizadora poco fructífera, pues fueron convertidos a la fuerza. Cuentan las crónicas que en Daidín y en Benahavís las mujeres y los muchachos, en una especie de asonada popular, los mataron «e los quemaron, después de los aver muerto, atados en sendos árboles, a cañaveradas e pedradas e cañivetadas».

Después de este acto se sumaron, en octubre del año siguiente, a la conocida «rebelión de Sierra Bermeja», una revuelta en la que desempeñaron un destacado protagonismo sembrando el terror por toda la parte occidental de la Tierra de Marbella. Empezaron por robar ganados «públicamente» a los marbellíes más pudientes -Juan del Campo, Sagarraga y otros- y a continuación se ensañaron con las personas que los tenían a su cargo: vaqueros, pastores y porqueros, de una forma taimada «a escondidamente» puesto que, temerosos de las represalias, los hacían desaparecer para que no llegaran a encontrarlos. Cuentan los testigos de aquellas atrocidades que por entonces ya estaba «pregonada la guerra a fuego y sangre», siendo tanto el terror experimentado por la población que ningún vecino del término de Marbella osaba salir al campo por temor a los rebeldes de Daidín.

Fernando el Católico, que se encontraba en Granada, se vio en la necesidad de desplazarse a Ronda para negociar el fin de las hostilidades. Enterado de los acontecimientos de Daidín, decidió marchar hacia aquella alquería para calmar los encrespados ánimos. Conocemos la ruta que siguió para llegar; que fue guiado por el ventero de la venta de Arboto, a quien compensó generosamente, cien reales, por acompañarlo por aquellas sierras que los rebeldes habían transformado en el centro de sus correrías. Finalmente, los insurrectos más belicosos, fueron expulsados al norte de África.

Ahora ha experimentado una fuerte mutación: el sendero se ha borrado por falta de uso de la misma forma que están desapareciendo sus principales signos de identidad. De aquellas fructíferas tierras sólo quedan como mudos testigos algunos castaños, las moreras y el arroyo, porque las huertas han cedido su espacio al imparable avance de la vegetación.

Daidín, como otras tantas alquerías de nuestro entorno, está desapareciendo ante la general indiferencia, quizá porque se ignora su pasado, y, de la forma más absurda, ha quedado reducido a un simple topónimo dentro del mapa de Benahavís. Puede que continúe agreste hasta que, en algún momento, cualquier promotora se decida a construir una urbanización de lujo que contrastará con la humildad de sus antiguos edificios. Así es la vida que nos ha tocado vivir y así viene ocurriendo en nuestra Costa del Sol, donde las inversiones están sometiendo nuestra cultura a la tiranía del hormigón.

Catalina Urbaneja, natural de Istán (Málaga), es doctora en Historia Moderna por la Universidad de Málaga, con una tesis doctoral titulada "Marbella y su Tierra en el tránsito de la época musulmana a la cristiana"