Este artículo, escrito por el naturalista José Luis Gallego, fue publicado en eldiario.es el 1/9/2018. Reproducimos su contenido por lo necesario y respetuoso de su reflexión en torno a un problema que afecta por lo general a la mayoría de los espacios naturales.

La montaña no es un polideportivo

Los ecosistemas de alta montaña figuran entre los más frágiles de la naturaleza. Las condiciones de vida en las alturas son tan duras que cualquier alteración del delicado equilibrio ecológico puede dar al traste con los esfuerzos de su biodiversidad para adaptarse y sobrevivir allí arriba.

Por eso es tan importante que todos los que nos acercamos a las cumbres, sea con la aspiración que sea, lo hagamos con la máxima precaución, tanto personal como hacia el entorno que nos acoge. Algo que, por desgracia, no siempre ocurre.

La propia dificultad de acceso ha sido el mejor aliado de las especies que viven en la alta montaña para evitar el conflicto con el ser humano. Pero eso ha cambiado. El auge de los deportes al aire libre esta provocando que cada vez seamos más los que nos echamos al monte con el propósito de encumbrarlo. Y eso, pese a tener muchos aspectos positivos, requiere una reflexión para evitar una alteración del medio.

No se trata de restringir los accesos ni de prohibir la práctica de las actividades de los otros. Todos los que salimos a la montaña, ya seamos excursionistas o escaladores, ciclistas o moteros, naturalistas o cazadores, creemos que nuestra actividad no es la más perjudicial y que nosotros no somos el problema. Pero lo cierto es que el número de personas que salimos a la montaña no para de aumentar y eso es en sí mismo, con indiferencia de la actividad que desarrollemos, es ya un problema.

Las largas colas de este verano en la cumbre del Aneto (3.404 m), con la gente apelotonada durante más de media hora esperando turno para superar el célebre y peligroso “Paso de Mahoma”, son tan solo una muestra de la masificación que están sufriendo nuestras cumbres de un tiempo a esta parte.

El deporte al aire libre está en auge y cada vez son más los que se atreven a dirigir su actividad hacia las cimas de las montañas. Desde el Everest hasta el Mont Blanc, del Aneto al Pedraforca, las aglomeraciones de gente subiendo por las laderas, más allá de los caminos, están provocando un grave impacto ambiental debido a la propia erosión del terreno: no hablemos ya del que genera el abandono de residuos o los daños directos a la flora y a la fauna, en su mayor parte especies en peligro de extinción.

Porque la montaña no es un polideportivo sino un santuario de la naturaleza, un refugio de paz y tranquilidad al que debemos acudir con el máximo respeto y la mayor consideración.

Uno siempre ha pensado que quien dirige sus pasos hacia la cumbre, quien realiza el esfuerzo físico de ascenderla, siente verdadero amor por la montaña. Que aprecia su silencio y va en busca de esa serenidad que nos invade allí arriba, rodeados de naturaleza, en perfecta comunión con ella.

Pero lo cierto es que, de un tiempo a esta parte los valores que mueven a mucha de la gente que sube las montañas tienen más que ver con la competitividad y el desafío personal que con el amor y el respeto a la naturaleza.

Es el afán por cumplir un reto personal lo que lleva a esas masas de gente a subir en fila india hacia la cumbre. Su objetivo es llegar, no disfrutar: lograr, no sentir. Pero la montaña no puede convertirse en un simple equipamiento deportivo. La montaña es ante todo un refugio de vida salvaje y una de las últimas guaridas del silencio. Algo que muchos de los que acuden a ella, demasiados, parecen haber olvidado. Urge recordárselo.